El poder, el arte y la cultura
Un par de noticias provenientes de altas esferas
gubernamentales durante los últimos días ha causado cierta preocupación en los
círculos artísticos y culturales del vecino país de Bolivia.
Una de ellas es la proveniente del Servicio de Impuestos
Nacionales (SIN), repartición que ha divulgado un reglamento para que los
artistas bolivianos soliciten la dosificación de facturas “sin derecho a
crédito fiscal”, lo que es presentado como una fórmula estimulante de las
actividades culturales. Sin embargo, la letra chica del reglamento limita tal
favor a quienes se hayan previamente inscrito en el “Sistema Plurinacional de
Registro de Artistas Bolivianos”, y los espectáculos y espacios donde actúen
sean auspiciados y autorizados por el Gobierno, las gobernaciones y alcaldías de
los departamentos del país.
La segunda está originada en el Ministerio de Culturas,
repartición que se propone concentrar bajo su férula, a partir del próximo año,
la atribución de otorgar premios eliminando los actuales premios nacionales de
Novela y Poesía, además del Premio Nacional de Cultura y el Premio a la Gestión
Cultural “Gunnar Mendoza”, para fundirlos todos en el recientemente creado
Premio Plurinacional “Eduardo Abaroa”.
No hace falta excesiva suspicacia para temer que ambas
fórmulas conllevan el peligro de que las actividades artísticas y culturales
sean sometidas a los criterios y parámetros impuestos por una especie de
comisariato que sería, en última instancia, el que distribuya premios y
estímulos a unos o castigos y trabas a otros, dependiendo de que estén más o
menos congraciados con el poder. Un peligro del que nada bueno el arte y la
cultura pueden esperar.







